| Gordo de Mierda ( @ 2005-11-09 15:33:00 |
Una bronca (con amor) a los postres
Ayer estuve de cena con los amigos. Tengo cuatro amigos (de los que se pueden calificar como tal, y en mayúsculas y como queráis) que se pueden dividir en dos parejas, ya que entre ellos lo son. Resulta que empezaron a salir en el mismo mes de noviembre, con años de diferencia entre ellos, pero celebran sus aniversarios juntos. Y me invitan a que cene con ellos, a pesar de ser el número primo de la reunión, el número cinco, la variable no resuelta. Pero somos amigos. Se turnan en pagar año tras año, y no me dejan pagar nunca, habiendo establecido el compromiso de que yo pagaré la cena cuando seamos seis.
Además este año hay mucho que celebrar: una de las parejas (y, como me recordaron anoche, dos es también un número primo) se ha convertido en un trío. Y no, no es porque uno de ellos haya desarrollado un repentino gusto biseual ni hayan decidido incorporar a nadie a su cama, mesa y relación. Es una razón mucho más simple y mucho más hermosa: han tenido un hijo.
La cena transcurrió sin mayores incidentes: los que hacía algún tiempo que no nos veíamos nos dimos novedades, nos quejamos de nuestros trabajos y el insoportable stress que acarrean, nos contamos nuestras últimas adquisiciones de frikadas legales e ilegales y por último, y como no podía ser de otra manera, nos dedicamos a arreglar el mundo: política y más política.
En fin, el caso es que después nos fuimos a tomar algo, aprovechando que hoy es fiesta donde trabajamos pero no donde vivimos. Y teniendo en cuenta que el vino de la cena era bueno y entraba bien, una de mis amigas que andaba algo achispada decidió tomar el toro por los cuernos y echarme la bronca que ya habían decidido entre los cuatro que me merecía pero que no habían tenido oportunidad de echarme.
Resumiendo: que querían que dejara de fumar y adelgazara, porque tenían miedo de que al paso que voy no dure más de diez años, y eso con cálculos optimistas. Y que querían que fuese un tío político para sus hijos, para los que han llegado y los que vendrán, y que egoístamente (según su propio argumento) no quieren tener que enterrarme antes de tiempo. Quieren que esté con ellos, y para ellos, durante muchos años más.
Coincideréis conmigo en que el tema de la bronca es poco menos que delicado. Que tengo que adelgazar es algo que nadie discute. Que si sigo como hasta ahora voy derecho a la tumba es algo que yo tenía muy claro hasta ahora. Pero nunca había pensado en ellos. Que tus amigos te echen una bronca por tu bien siempre es algo que es más o menos sencillo ignorar. Ejemplo: soy un manirroto (es que tengo todas las virtudes del mundo, ¿eh?) y casi siempre me llevo alguna regañina por ello. Pero como siempre son "por tu bien", "porque te tienes que comprar un piso", son más fáciles de ignorar. Yo sé que será por mi bien y que me tengo que comprar un piso y todo lo que ellos quieran, pero en el momento soy más feliz comprándome esto y esto. Por eso son más fáciles de ignorar, porque el hecho de que yo no me compre un piso me atañe a mí, no a los demás. No hace mal a nadie que siga viviendo en casa de mis padres.
Pero si me da un infarto y me quedo en el sitio porque me sobran 70 kilos y no puedo subir ni un escalón, mis amigos se quedarán sin mí. Y eso les jodería. Es algo que evidentemente uno sabe; pero lo sabe de forma intelectual, en el cerebro. Tienen que decírtelo, y tienen que decírtelo con lágrimas en los ojos, para que te des cuenta, para que lo sepan tus tripas, tu corazón y no tu cerebro.
Así que no me queda más remedio que intentarlo. Deseadme suerte. O no.
Ayer estuve de cena con los amigos. Tengo cuatro amigos (de los que se pueden calificar como tal, y en mayúsculas y como queráis) que se pueden dividir en dos parejas, ya que entre ellos lo son. Resulta que empezaron a salir en el mismo mes de noviembre, con años de diferencia entre ellos, pero celebran sus aniversarios juntos. Y me invitan a que cene con ellos, a pesar de ser el número primo de la reunión, el número cinco, la variable no resuelta. Pero somos amigos. Se turnan en pagar año tras año, y no me dejan pagar nunca, habiendo establecido el compromiso de que yo pagaré la cena cuando seamos seis.
Además este año hay mucho que celebrar: una de las parejas (y, como me recordaron anoche, dos es también un número primo) se ha convertido en un trío. Y no, no es porque uno de ellos haya desarrollado un repentino gusto biseual ni hayan decidido incorporar a nadie a su cama, mesa y relación. Es una razón mucho más simple y mucho más hermosa: han tenido un hijo.
La cena transcurrió sin mayores incidentes: los que hacía algún tiempo que no nos veíamos nos dimos novedades, nos quejamos de nuestros trabajos y el insoportable stress que acarrean, nos contamos nuestras últimas adquisiciones de frikadas legales e ilegales y por último, y como no podía ser de otra manera, nos dedicamos a arreglar el mundo: política y más política.
En fin, el caso es que después nos fuimos a tomar algo, aprovechando que hoy es fiesta donde trabajamos pero no donde vivimos. Y teniendo en cuenta que el vino de la cena era bueno y entraba bien, una de mis amigas que andaba algo achispada decidió tomar el toro por los cuernos y echarme la bronca que ya habían decidido entre los cuatro que me merecía pero que no habían tenido oportunidad de echarme.
Resumiendo: que querían que dejara de fumar y adelgazara, porque tenían miedo de que al paso que voy no dure más de diez años, y eso con cálculos optimistas. Y que querían que fuese un tío político para sus hijos, para los que han llegado y los que vendrán, y que egoístamente (según su propio argumento) no quieren tener que enterrarme antes de tiempo. Quieren que esté con ellos, y para ellos, durante muchos años más.
Coincideréis conmigo en que el tema de la bronca es poco menos que delicado. Que tengo que adelgazar es algo que nadie discute. Que si sigo como hasta ahora voy derecho a la tumba es algo que yo tenía muy claro hasta ahora. Pero nunca había pensado en ellos. Que tus amigos te echen una bronca por tu bien siempre es algo que es más o menos sencillo ignorar. Ejemplo: soy un manirroto (es que tengo todas las virtudes del mundo, ¿eh?) y casi siempre me llevo alguna regañina por ello. Pero como siempre son "por tu bien", "porque te tienes que comprar un piso", son más fáciles de ignorar. Yo sé que será por mi bien y que me tengo que comprar un piso y todo lo que ellos quieran, pero en el momento soy más feliz comprándome esto y esto. Por eso son más fáciles de ignorar, porque el hecho de que yo no me compre un piso me atañe a mí, no a los demás. No hace mal a nadie que siga viviendo en casa de mis padres.
Pero si me da un infarto y me quedo en el sitio porque me sobran 70 kilos y no puedo subir ni un escalón, mis amigos se quedarán sin mí. Y eso les jodería. Es algo que evidentemente uno sabe; pero lo sabe de forma intelectual, en el cerebro. Tienen que decírtelo, y tienen que decírtelo con lágrimas en los ojos, para que te des cuenta, para que lo sepan tus tripas, tu corazón y no tu cerebro.
Así que no me queda más remedio que intentarlo. Deseadme suerte. O no.