El lunes 30 de Enero de 2006 amaneció como cualquier otro lunes. Bueno, como cualquier otro lunes en realidad no, porque hacía un frío de cojones. Pero en realidad era como cualquier otro lunes, con la misma alegre y melodiosa sinfonía: después de un lento y acompasado
introito de ronquidos, el vibrante (y algo monótono) solo de despertador en Do Menor a las seis y media de la mañana, seguido por esa cacofónica y ascendente progresión de gruñidos, toses, muelles quejumbrosos, maldiciones en voz baja y algún que otro pedo que comúnmente denominamos
Corpore incorporatto... ma no desperto. Después, ascendente y cantarín como un clarinete, el solo de chorro de orines sobre agua de váter, leve y ocasionalmente acompañado por el rascado de glúteos sostenido en Fa Mayor. Vamos, que no me enrrollo más con la puñetera música: un lunes como cualquier otro.
Y en estas nuestro protagonista Gerardo de Meninges, acabado el concierto, bañado, vestido y en la calle sin desayunar como es su costumbre llega a la parada del autobús que, como todos los lunes, lo lleva a su trabajo. Y a la cola de gente que ha llegado antes que él a la parada y esperan que el autobús no venga demasiado lleno. Bueno, y a los que han llegado más tarde que él y se han puesto por delante, porque conocían a otro en la cola o porque son más listos, que no inteligentes. Vamos, que se le han colado por todo el morro. Como todos los lunes.
¿Como todos los lunes?
¡No!Porque en esas nuestro querido Gerardo recuerda que éste es un lunes especial. Éste es
el primer lunes del resto de su vida, el lunes que marcará la diferencia. Porque nuestro querido Meninges, de natural hosco, irascible, insensible y cabreado con el mundo ha decidido, aconsejado por sus buenos amigos, que a partir de este lunes pondrá buena cara al mal tiempo, responderá a los agravios con sonrisas, a los desprecios con humildad y, en definitiva, intentará tener una visión
positiva del mundo a su alrededor y de sus congéneres. Sobre todo de sus congéneres.
Se ha preparado a conciencia para ello. Como un Rambo o un Karate Kid en plena fase de entrenamiento previo combate final con el malo de turno, podríamos repasar el día anterior de Gerardo como un montaje cinematográfico, similar a los que veíamos en aquellas pelis de los ochenta en los que el bueno se preparaba para darle un repaso al malo: haciendo flexiones, subiendo escaleras a la carrera o partiendo tablones como vigas de una limpia patada mientras de fondo atronaba una triunfal e inspiradora banda sonora instrumental. Como en Rocky, vamos. Sólo que el entrenamiento de Gerardo ha sido para hacerle ver lo positivo de la vida: ha devorado
Juan Salvador Gaviota antes del desayuno, para aprender a superar las propias limitaciones y no desesperar nunca; después de desayunar ha bajado a su librería favorita para leerse quince solapas de otros tantos libros de Paulo Coelho, incluyendo releerse tres veces la solapa de
El guerrero de la luz. Después se ha conectado a Internet y ha estado viendo la entrada sobre Rousseau en la Wikipedia, además de unos cuantos LiveJournals y MSN Spaces donde imperaba el amor, los colores pastel, los GIF animados y la ausencia de ortografía. Mientras estaba conectado, ha estado haciendo una selección de la música que cargará en su recientemente comprado iPod rosa palo, muy adecuado a su nuevo y superior estado mental: todo música marchosa, alegre y optimista como Chenoa, Bisbal, Gloria Stefan, Alejandro Sanz, Enrique Iglesias, Azúcar Moreno y eso. En realidad,
odia esa música, pero si lo escucha un porcentaje tan grande de sus congéneres, piensa, por algo será. No todo el mundo puede ser idiota, cree, y si a todos ellos les gusta y a mí no, el equivocado debo ser yo. Por pura lógica, concluye. El pobre. Luego por la tarde ha visto
Amélie,
Sonrisas y lágrimas y
¡Qué bello es vivir! así, del tirón, sin interrupciones. Además, se ha puesto como pequeño castigo otra vez
Sonrisas y lágrimas a la hora de cenar porque con el primer visionado ha pensado lo que siempre piensa cuando ve esa película: la familia Von Trapp entera es una justificación de los campos de exterminio. Atónito ante semejante pensamiento bárbaro, retrógrado, insensible y antisocial, se ha obligado a volver a verla mientras cenaba su ensalada macrobiótica. Y, de postre,
Hook.
El caso es que Gerardo está convencido de que hoy es el primer día de su nueva vida como miembro optimista, útil e integrado de nuestra sociedad. Está convencido, además, de que éste es ni más ni menos que el primer y definitivo paso para cambiar todo lo demás que está mal en su existencia, hasta ahora gris y anodina. Gracias a este cambio de actitud, y como por birlibirloque, Gerardo adelgazará el porrón de kilos que le sobran, como consecuencia de eso saldrá más, como consecuencia de eso tendrá más amigos, como consecuencia de eso tendrá novia, como consecuencia de eso podrá compartir una hipoteca, salir de casa de sus padres, casarse y tener hijos. Ya ven ustedes: ¿qué es el pequeño sacrificio de oír maullar a Jandrito y demás basura, cuando se compara con el vuelco radical que va a dar su vida al ingresar (¡voluntariamente, nada menos!) en el redil del optimismo y el buenrrollismo?
Así que, cuando las dos marujas listas (que no inteligentes) de todas las mañanas se le vuelven a colar con la misma vieja excusa de
que nosotras somos mayores, hijo, y estamos más cansás. Además, tú con esas patas que tiés te aguantarás mejor de piés pues nada, Gerardo pone la otra mejilla y no dice esta boca es mía. Y efectivamente, cuando llega el autobús la señora justo de delante suya coge el último asiento libre y a Gerardo le toca hacer el trayecto de treinta kilómetros y casi dos horitas de duración
de piés. Pero Gerardo sonríe siempre, mientras en las orejas su precioso iPod rosa le machaca con Gloria Stefan. Y sigue sonriendo cuando ya no sabe en qué postura colocarse cuando comienzan a dolerle los pies, mucho.
Y sigue sonriendo cuando empieza a sudar. Y sigue sonriendo mientras el conductor del autobús pilla todos los baches de la carretera. Y sigue sonriendo cuando le empiezan a doler los riñones como si se los atravesaran con una barra de hierro incandescente. Porque lo suyo es como lo de las embarazadas, con las diferencias de que lo suyo es más grande, de que a él no se le pasa en nueve meses, y a él nadie tiene por qué cederle el asiento. Y sigue sonriendo mientras ve como el noventa por ciento de los coches que abarrotan la carretera llevan un sólo ocupante, mientras que él tiene que estar de pie. Y sigue sonriendo cuando le ataca el mono del tabaco. Y sigue sonriendo cuando, por culpa de un bache, su prominente barriga impacta en el codo del tío que va durmiendo a su lado, que despierta y le dedica una airada mirada, perturbado su dulce, apacible y sin duda merecido sueño por uno de estos capullos que están de pie, adónde vamos a parar, Señor, Señor. Gerardo sonríe hasta que la mandíbula le duele tanto como los pies.
Cuando creía que iba a desmayarse en medio del pasillo del autobús y que tendrían que llamar a los bomberos para despertarlo, Gerardo llega a su destino, uno de los muchos intercambiadores que hay en ciudades como Madrid. Decide que no le importa llegar un poco tarde al curro, pero que necesita descansar los pies un poco. Y se sienta en uno de los bancos que hay nada más bajar del autobús. Echa mano del bolsillo para sacar su paquete de tabaco y tranquilizarse fumándose un cigarrito, pero recuerda que gracias a la superministra puritana tiene ahora los mismos derechos que un perro (y menos que un lazarillo) y que debe hacerlo fuera, en la calle. Así que sale a la calle, con la fresca, y se sienta en un banco a descansar sus pies y echarse un cigarrito. Cuando los pies no le responden, y piensa que tendrá que amputarse alguna falange de las manos y se ha terminado el cigarrito, Gerardo se levanta y se dispone a entrar en el Metro.
Cansado como está, y además en condiciones normales su voluminoso cuerpo no le permite alcanzar una velocidad de crucero óptima, Gerardo cruza los eternos pasillos bien pegadito a la pared para no molestar a los demás, como por otra parte ha hecho siempre. Pero le pasa lo mismo que el resto de las mañanas: la gente lo adelanta con pocos miramientos y algún que otro empujón. Y nadie de los que le empujan se da la vuelta no ya para disculparse, sino para comprobar que nuestro nuevo y mejorado Gerardo sigue sonriendo ante cada empellón, dispuesto a decir
No pasa nada, no te preocupes al primero que se gire. También podría haber estado preparándose para decir
¿Por qué no empujas a tu putísima madre, so malnacido?; porque le hubiera servido de lo mismo. Nadie parece notar que ha atropellado a un semejante para llegar antes al Metro.
Deben llegar todos horriblemente tarde, piensa Gerardo.
Además, seguro que no han leído a Rousseau.
Y le asalta la vieja duda de siempre antes de que su nuevo y mejorado talante tenga tiempo de suprimirla de su pensamiento único.
¿Si esta gente está dispuesta a empujar, pisar y atropellar a sus congéneres para ir a trabajar, algo que no le hace gracia a nadie y para lo que nadie debiera darse prisa; ¿qué no harán en caso de emergencia? Si en vez del pasillo del Metro éste fuera el pasillo del Titanic
, ¿qué barbaridades estarían dispuestos a hacer?. Como siempre, la mera idea le provoca escalofríos, amén de no concordar nada con su nueva idea de la humanidad como una masa de gente buena y amable que responde a las sonrisas con sonrisas; así que la descarta.
Llegado al andén, Gerardo espera que llegue un tren como todos los demás. Cuando lo hace, el tren para con una de sus puertas a la altura de nuestro héroe, quien se hace a un lado para dejar la puerta completamente libre, y que la gente que está dentro del vagón pueda salir lo más rápida y ordenadamente posible. Y esto no es nuevo, esto Gerardo lo ha hecho de toda la vida por dos razones. La primera, por pura lógica: cuanto más despejado esté el camino de salida, antes podrán salir los de dentro, antes podremos entrar los de fuera y más corta será la parada del metro en la estación. La segunda, por algo que no tiene nada que ver con su antigua irascibilidad, insensibilidad y cabreo generalizado:
por pura educación. Así que Gerardo se hace a un lado para dejar salir a los de dentro del vagón, y lo único que consigue es que los que están detrás suyo se le pongan delante. Y, como de costumbre, Gerardo asiste atónito al espectáculo: cuando se abren las puertas los que están fuera entran y los que están dentro salen, simultáneamente. Como ninguno de los dos bandos es Kitty Pride o Casper, el fantasma amistoso, pues pasa lo que tiene que pasar, claro. Chocan. Se empujan. Se oye un airado
Pero oiga, señora! Etcétera. Y Gerardo todavía no ha hecho ni siquiera el amago de intentar entrar. Cuando por fin lo consigue no queda sitio para sentarse, claro, y apenas queda sitio para que los pulmones se expandan al llenarse de aire. Pero Gerardo sigue sonriendo, mientras se agarra a la barra como bailarina de striptease. Sonríe a un señor de muy malas pulgas que lee en
ABC como la nación se va al carajo por correo urgente. Sonríe a un albañil rumano que lo mira con muy mala hostia, como pensando
si el marica éste me vuelve a tirar los tejos con esa sonrisita, los desgracio a hostias o como se piense eso en rumano. Sonríe a la niña que lo mira con cara de incredulidad (no debe haber visto a nadie tan gordo en su vida, la pobre). Sonríe a la chica que lo mira desde las tapas de su
Código daVinci, y que lo responde con una nada disimulada mueca de asco y desprecio.
No pasa nada. Gerardo sonríe.
Al llegar al trabajo, más de lo mismo. Enorme sonrisa a Maripuri, la recepcionista, que responde a su entusiasta
¡Buenos días! con un frío
Llegas tarde, te espera el jefe. Luego, sonrisas y buen talante al jefe mientras éste le impone una lista de tareas dignas de Hércules, aunque éstas superan ligeramente la docena, y que tienen que estar para el próximo lunes sin falta. Si hay que venir en sábado, se viene. O en domingo. No pasa nada. Eso sí, si tienes alguna duda tira de Google, Gerardo, que yo me voy de vacaciones a Cuba. Y Gerardo sonríe. Sonríe al teléfono mientras un cliente lo humilla y lo insulta porque puede, porque paga, y porque Gerardo es un informático de mierda que no sabe nada de márketing y no ha se ha sacado un MBA en
Yorstaun, ahí donde el pequeño patriotilla de bigote da ahora sus cursos de jubilata. Sonríe cuando el camarero, con mucha sorna, le pregunta si quiere su Coca-cola light, cuando sabe perfectamente que le da asco. Sonríe cuando uno de sus compeñeros le endilga trabajo que él no tendría que hacer. No pasa nada, él sonríe. Curiosamente, nadie le corresponde con una sonrisa, como le aseguraron que pasaría.
Y diez horas más tarde, en el metro de vuelta a casa, cuando está a punto de llegar a su estación, Gerardo echa mano de su mochila y saca la escopeta de caza de su padre, a la que amorosa y algo distraídamente recortó los cañones anoche, mientras escuchaba al soplapollas de mierda de Peter Pan decir la sandez de
Ten un pensamiento feliz y ¡volarás!. La gente del vagón se aparta de él, se oyen gritos, pero Gerardo de Meninges no los oye; sólo piensa en el momento en el que el tren se pare y se abran las puertas. El andén estará lleno, como siempre, de borregos de mierda maleducados e incívicos que intentarán entrar antes de dejar salir, que intentarán sentarse ellos y luego hacerse los locos cuando entre al vagón una embarazada o una vieja o un gordo, que pisarían sin miramientos el cuello de su putísima madre con tal de conseguir un asiento. Pensando en ellos, y en cómo por esta vez y sin que sirva de precendente se van a apartar para dejar salir, aunque sea a tiros, Gerardo sonríe.
Esta vez, de verdad.
Como dirían los Python,
and now for something completely different. Si sabéis inglés, tenéis que ver esto:
Fear of girls. Para que luego digáis que yo tengo mala leche....